Mi antiguo barrio
Un paseo breve por febrero
Es apenas mediodía. Nada más salir de casa me doy cuenta de que he subestimado el punzante frío de febrero. ¡Parece mentira! Ni que fuera nuevo. En seguida entiendo que el paseo no podrá ser tan largo como habíamos supuesto. Cuando vivía en West London siempre me gustaba deslizarme por los puestos del mercado de antigüedades de Notting Hill los sábados por la tarde. Nunca me compraba nada pero el olor a viejo, a usado, a historias no contadas que desprendían los innumerables objetos en venta me daba una falsa sensación de calma. Como si cada pieza de cubertería de plata, cada cámara de fotos de carrete o cada abrigo de esquiar de colores estridentes y horteras estuvieran cubiertos por una pátina de tiempo. Tiempo pesado, inútil, eterno. Tiempo igual que el mío, al fin y al cabo. A Notting Hill solía ir a esquivar turistas y a reírme de los catetos fanáticos de la película de Julia Roberts y Hugh Grant que se hacen fotos enfrente de la librería equivocada. A hacer las paces con lo antiguo, a camuflarme entre el gentío para creerme innecesario, para sentirme ligero. Y a acabar sucumbiendo a comprarme algún vinilo que no necesito en Rough Trade West y a tomar una cerveza templada en algún pub milagrosamente no gentrificado, o un café latte para llevar demasiado caro en su defecto.
Hace un par de fines de semana quedé con Nico para volver a pasar un sábado en Notting Hill. Podríamos habernos visto allí directamente; él sigue viviendo en el piso que compartimos durante cinco años en West Kensington y no tenía sentido encontrar un punto medio. Sin embargo, me apeteció hacerle un homenaje a mi antiguo barrio y fui a recogerle para andar juntos el camino que tantos millones de veces he andado. A la salida del overground me fijé en lo mucho que habían avanzado las obras del Olympia. Eché de menos el pequeño callejón temporal de pladur que unía la salida de la estación con la avenida principal (y que por las noches te obligaba a acelerar mucho el paso, a la luz de una tenue bombilla de obra naranja pálido). Nico me esperaba en el Hand & Flower, el pub local que menos frecuenté durante aquellos años.
- One for the road?
- Would be rude not to…
Hay cosas que Nico y yo no sabemos decirnos en español. Nuestros colegas se ríen de nosotros, pero a mí me parece precioso. Es la muestra de una amistad construida a fuego lento en un país distinto, sin la supervisión del camino asfaltado, sin el tedio de los usos gastados. Hay bromas que es mejor no traducir, tanto hacia un idioma como hacia el otro. El humor es la expresión que más impronta pierde al traducirla, pues los idiomas no son una divisa de conversión exacta. Los tonos, los matices y el carácter secreto que hace que nos riamos a carcajadas son un bordado fino, una labor de encaje cuyo impacto es mejor respetar de la forma más literal posible. No hemos hecho más que llegar a la barra y ya nos estamos riendo tan fuerte que me da miedo que nos echen del local.
El tramo de High Street Kensington que nos lleva desde el pub hasta Holland Park tiene el halo de las cosas importantes, aquellas que guardamos muy cerca del alma, en una cajita hermosa de recuerdos, secretos y sonrisas congeladas. El sol se cuela por la suela de mis zapatos y no puedo evitar peguntarme cuántas veces habré caminado esta calle. Sería conservador asumir que al menos unas mil veces. Es increíble cómo la rutina normaliza la repetición infinita por supervivencia. Lo entiendo, claro. Pero a veces es bonito desnormalizar algunas cosas, para volver a sentir las emociones más primarias. Como el orgullo que siento al recordarme corriendo casi a diario aquel año raro del covid. No había otra cosa que hacer. Diez kilómetros, tres veces a la semana. Teníamos el recorrido fijado - desde casa hasta el Museo de Historia Natural, subiendo la cuesta hasta Hyde Park, atravesando por The Serpentine hasta llegar a Bayswater para finalmente girar a la izquierda en Notting Hill Gate y deslizarnos, exhaustos pero eufóricos, por High Street Ken. A veces siento una nostalgia absurda por aquellos dos años catastróficos. Al verme corriendo por esa misma acera con mis zapatillas viejas me viene de golpe el olor del verano, el sudor un poco más joven y la incertidumbre que tanto nos zarandeó en vano.
Vuelvo también a sentir la emoción gastada al pasear con mi ex por la calle de enfrente, con la convicción entonces velada de que, aunque este fuera a ser mi barrio, nunca sería el suyo. Recupero sin pudor los nervios y el cosquilleo en la tripa al agarrarme fuerte de la mano de algún que otro desconocido a plena luz del día o a plena traición por la noche cerrada. Y el entusiasmo cuando pude volver a arrastrar mi guitarra y mis bártulos para volver a subirme a un escenario después de que nos lo prohibieran sin compasión ni alternativa. Y la frustración cuando parecía que no acababa nunca el culebrón de la mudanza y, en un arrebato de desesperación, me compré una botella magnum de rioja en la vinoteca de moda mientras el dependiente me miraba con cara de pena. Visito de pasada el olor a barro en otoño y el perfume delicioso de las magnolias en primavera, el sabor de los infinitos cafés y el alivio que me ofrecieron estas fachadas señoriales en los días de resaca. Me fijo en todas las veces que crucé la calle sin mirar y en todos los amigos que arrastré en infinitud de ocasiones hasta mi pequeño refugio en el oeste de Londres. Sonrío en los recovecos de nuestras conversaciones. En las preocupaciones, en las ideas brillantes y en alguna que otra lágrima de cocodrilo.
Hasta el otro día no me había dado cuenta de que siento exactamente lo mismo por esa calle larga del oeste de Londres que por la cuesta abajo donde aún hoy viven mis padres en Madrid. Dije hace unas cuantas entregas que cada código postal en el que vivimos representa una etapa de nuestra vida. También dije que las casas son un espacio vivo donde habitan las historias que nos pasan. Sin embargo, ahora entiendo que cuando uno se dedica a vivir de verdad, a rodearse de personas únicas que viven con fuerza, no es solo la pared de tu casa lo que trasciende sino todo lo que pulula alrededor. Mi barrio. Otro concepto más que cambia de significado por la distancia y el exilio voluntario. Otra dicotomía más de esta vida a caballo. Qué bonito es tener más de un barrio.
El miércoles pasado salió mi entrevista con el mítico Julio Ruiz en su podcast Todos Los Discos Son Grandes. No sé ni cómo explicar la ilusión que me hizo conocerle y hablar con él de mis canciones. Nunca había compartido micrófono con alguien que tuviera tantos años de radio a la espalda. ¡Fue un auténtico privilegio! Os dejo por AQUÍ la entrevista por si os apetece escucharla. Estamos a partir del minuto 07:40.
Mi recomendación de la semana
Llevo semanas enganchadísimo a Industry. La velocidad de la trama, la complejidad de los personajes y el retrato cliché pero acertado de la alta sociedad son adictivos. Cuando estuve en Madrid hace unos días, me di cuenta de que está disponible en Movistar+, pero recomiendo verla en inglés a ser posible. Una de las virtudes más originales de la serie son cómo de cuidados están los diálogos que se oyen de fondo. Un auténtico diez de diez. Mi serie favorita en mucho tiempo.




